Una broma viral para revelar el signo de los tiempos: referencias que estallan y se evaporan. Internet no solo aceleró cómo descubrimos música; reescribió su forma, sus ritmos de producción y la relación entre artistas y audiencia. Del reinado del álbum a los clips pensados para el primer segundo, del estudio a TikTok, este texto explora qué ganamos, qué perdimos y qué quedará sonando cuando baje el volumen de las plataformas.
Te animo a hacer una prueba en las próximas cenas de Navidad con tu familia: grita “¡Tung, tung, tung, tung, tung, Sahur!”, y observa las reacciones de la concurrencia. Habrá quien crea que te está dando un ictus, pero aquellas personas que conozcan la referencia comprenderán el contexto hasta la raíz, te responderán diciendo “Bombardino Crocodilo” o cualquier otro cántico de alguno de los personajes del “Italian Brainrot”. También es muy posible que se te eche en cara usar una referencia tan ridículamente antigua y demodé. Lo importante aquí es darse cuenta de que una broma hecha por IA en 5 minutos es capaz de articular una tendencia que asciende como un tsunami y desaparece con tanta violencia como se ha creado: así es como se crece en internet, también cuando hablamos de música.
Más inexplicable después del vídeo, si cabe.
Lo vimos en una entrada anterior, internet supuso una revolución en el consumo musical para la enorme mayoría de las personas. Incluso la gente que prefiere seguir escuchando música tal y como lo hacían antes, también habrá experimentado cambios en lo que escuchan. Debemos entender que la música no es solo una expresión artística: es también una industria, y cuando un cambio se da en un nivel tan profundo, todo se desplaza de forma brusca y violenta. La producción musical y el mercado donde se vuelca están íntimamente relacionados, y cuando pensamos en la influencia de internet en la música pensamos en la aceleración, en tiempo y forma, de todo lo relacionado con la producción musical.
No hace falta irse muy atrás en el tiempo para observar cambios profundos en las tendencias de consumo derivados de esto. Desde mediados de los sesenta hasta bien entrados los dos mil, el álbum de estudio era la principal forma de expresión artística y de consumo musical. En España un álbum podía convertirse en un fenómeno cultural de largo aliento: “Más” de Alejandro Sanz (1997) vendió en torno a 2,2 millones de copias solo en España y se mantuvo 70 semanas en las listas. Es cierto que este nivel de éxito no era común, pero hablamos de tendencias, no de hitos. Esta idea de tener un éxito duradero justificaba la dilatación de los procesos creativos: incluso los artistas más exitosos rara vez estrenaban música más de una vez cada dos años. Hoy esto es impensable: las plataformas obligan de facto a sacar música nueva cada pocas semanas. Y esta tendencia frenética no afecta solo al número de lanzamientos que los artistas necesitan hacer al año, también afecta a la forma de la música directamente. Plataformas como TikTok se han convertido en verdaderos motores de descubrimiento musical. Esto ha cambiado la manera en que se compone y estructura la música pensada para el éxito comercial: ante la menguante capacidad de atención de la audiencia, las canciones buscan impactar desde el primer segundo. De hecho, los hits recientes son cada vez más cortos y al grano. Si comparamos los sencillos más escuchados de 1992 con los de 2022, vemos que la duración media de las canciones populares ha bajado en un minuto y medio. Estoy seguro de que ese modelo de consumo es el que ha propiciado que la promoción del álbum LUX de Rosalía, más íntimo y pausado que los anteriores, haya sido de tal magnitud y agresividad: era necesario contrarrestar la falta de momentos viralizables de las composiciones.
Un temazo con origen en TikTok, para que luego digáis que soy un hater de las plataformas.
Por otro lado, un menor tiempo para pensar en el desarrollo compositivo implica menos tiempo para el juego y la experimentación. ¿Habría podido existir el disco “Omega”, de Enrique Morente y Lagartija Nick? ¿Habría merecido la pena el tiempo, el trabajo y la compenetración necesarios para su producción? No es casualidad que el primer trabajo público relevante de Aphex Twin se llame “Selected Ambient Works 85-92”. 7 años dan para pensar muy bien hasta en el último clic que se escucha en este disco. Hacer una revolución musical no es cosa de un par de tardes. Tal vez esta premura generalizada explique que algunos críticos empezaran a notar a finales de los 2000 un estancamiento en esa sensación de avance. El teórico cultural Mark Fisher describió este fenómeno como la “lenta cancelación del futuro”. Fisher señala que, a diferencia de lo que ocurría décadas atrás, en el siglo XXI el shock ante la música radicalmente nueva prácticamente ha desaparecido. Para entender esto, Fisher propone un experimento: si tomáramos un disco actual y lo enviásemos al pasado, digamos al año 1995, probablemente no sorprendería demasiado a los oyentes de entonces, ya que muchos sonidos les resultarían familiares. En contraste, si en 1989 alguien escuchara un tema de “jungle” de 1993, se vería obligado a replantearse si eso era tal vez música.
Vivan las fusiones
Otra de las vertientes de este cambio de tendencia es la individualización, no solo del consumo, sino de la creación y la composición. El tándem artista solista – productor lleva años monopolizando el mercado. Y tiene sentido. Esta frase con aroma de Barrio Sésamo es de una gran sabiduría popular: si quieres ir lejos, ve acompañado, si quieres ir rápido, ve solo. La industria siempre escoge la segunda opción. La individualización extrema de los artistas también está relacionada con la necesaria transformación de los músicos en influencers, y con la creciente necesidad de monetización y mercantilización de la vida para toda persona que tenga intención de vivir de la música. Una buena muestra de esto es que la sentencia “este artista se ha vendido”, que hace unos años resultaba una condena al ostracismo, hoy por hoy no tiene ninguna operatividad. Diría que hoy estamos más cerca de celebrar las colaboraciones de nuestros artistas favoritos con grandes marcas que de mirarlas con recelo.
Esta glorificación de los músicos, no como artistas, sino como íconos de una forma de consumir música no es en absoluto un fenómeno nuevo, pero internet ha traído una serie de tropos nunca antes vistos. Cuando descubrimos un artista en internet, o bien conocemos su desarrollo artístico con una profundidad ridícula, pues lo seguimos en redes y conocemos al dedillo toda su vida y su proceso creativo, o bien lo escuchamos por primera vez cuando tiene varios millones de reproducciones y ha dado el salto al mainstream. Lidiar con esto siempre es incómodo, pues quien se acerca tarde a estas cosas, o bien finge que sabe de qué se está hablando, o bien queda como una especie de anacoreta que vive solo en la montaña y que no sabe quién es Messi. Me gusta llamar a esta incómoda sensación “el efecto Tía Juli”. Me explico: imagina que después de gritar lo de “Tung, Tung, Sahur” en la cena de Navidad, te sientas y te das cuenta de que a tu lado hay una señora mayor que no habías visto nunca. Todos parecen actuar con absoluta normalidad, pero tú no paras de mirarla. Alguien te pregunta qué te pasa, y tú respondes que no sabes quién es esa señora. “¿Cómo no vas a conocer a la Tía Juli?”. Esa misma sensación tuve yo al preguntar en mi oficina hace unas semanas de dónde había salido Rusowsky.
Mas vale tarde que nunca
El Italian Brainrot sirve como objeto de estudio para reflexionar sobre la falta de inercia que parecen tener las tendencias en internet. Cuando hablo de falta de inercia no hablo necesariamente de la imposibilidad de observar el desarrollo orgánico de un proyecto musical (verlo crecer, acertar y fallar…) sino de la pérdida de momentum de forma inmediata, de la aparente incapacidad de la gran mayoría de la música de sobrevivir más allá de unas pocas semanas. El ejercicio que hacíamos antes, el de tratar de llevar al pasado canciones actuales y tratar de observar su efecto, sirve también en sentido contrario: imaginemos qué transmitirán las canciones de hoy en el futuro, despojadas del efecto tsunami que propician las redes sociales. Estoy viendo de nuevo “Los Soprano”, y en casi todos los capítulos aparece una canción popular que si no conozco, al menos me suena. ¿Qué canciones de 2025 sonarán en una serie de mafiosos de 2045 y serán reconocibles para los espectadores del futuro? El ritmo frenético de consumo al que nos llevan las plataformas me hacen ser poco optimista con esta posibilidad.
Asesino múltiple, pero, chico, ¡qué carisma!
Con este panorama debemos hacer un esfuerzo por no caer en la nostalgia y en la melancolía, que nunca son la respuesta a nada. Los años del álbum también implicaban un nivel de explotación y deshonestidad para los artistas del que se ha hablado largo y tendido. Los artistas debían ser también empresarios y expertos en derecho mercantil. Internet vino con la promesa de empoderar a los músicos, de darles las llaves de su propia creatividad. Y es cierto que estamos en medio de una explosión de ideas de muy alto nivel. Pensar en formas de destacar, tener visibilidad, hacerse notar, de promocionarse, son sin duda un acicate fabuloso. Pero hay que entender que el ritmo de las redes no tiene por qué coincidir con el ritmo del arte, y mientras los talentos más increíbles de nuestra generación deban ser un 10 % tiktokers, un 10 % instagramers y un 80 % músicos, nunca llegaremos a conocer la verdadera revolución que internet traerá a la música. Yo la espero con ganas.
Comentarios 0
Aún no hay comentarios